‘A la Deriva’, la joven y el mar


Cuando uno llega al cine y se enfrenta a una película con el, en ocasiones, tramposo anuncio de “basado en hechos reales” es fácil temerse lo peor. Quizás por eso, cuando uno se encuentra con una historia simple, efectiva, sin demasiados artificios ni innecesarios vaivenes narrativos plagado de personajes secundarios que poco a nada aportan al conjunto, es de agradecer.

A la Deriva es la nueva propuesta cinematográfica del director Baltasar Kormákur, quien basándose en la historia real de la pareja de jóvenes Tami Oldham y su novio Richard, nos lleva de nuevo a alta mar como ya ocurriera en su film The Deep (2012) para contarnos una historia protagonizada por personas luchando ante la adversidad que en ocasiones plantea la madre naturaleza, como ya hiciera en Everest (2015).

¿De qué va A la deriva?

La película narra cómo la pareja formada por ambos jóvenes se hace a la mar en su velero hasta que en medio del océano se ven sorprendidos por una de las mayores tormentas jamás registradas. Tras el paso del huracán, Richard sale herido, y Tami tendrá que ponerse al mando para intentar sobrevivir a la deriva con el velero roto, sin comida y sin agua.

Poco más que un par de personajes necesita la trama para conseguir atraparnos, siempre con el permiso del mar como invitado especial.

El reparto

La actriz Shailene Woodley, a la que casi todos conocemos por su papel principal en la franquicia cinematográfica de Divergente, desgraciadamente sin final debido a la falta de interés y éxito en taquilla, ya ha demostrado con solvencia su capacidad para enfrentarse ante cualquier obstáculo y ejercer de inesperada heroína. Pero también nos ha hecho llorar, y de que manera, en interpretaciones tan emocionales como la que lleva a cabo en Bajo la Misma Estrella (2014), con lo que su capacidad para el papel está más que fuera de lugar y es todo un acierto de casting.

En el rol masculino nos encontramos con Sam Claflin, al que ya le hemos visto antes en apuros en algunas entregas de sagas como Piratas del CaribeBlancanieves y la Leyenda del Cazador o Los Juegos del Hambre. El traje tierno, romántico y galán le sienta como anillo al dedo, algo que ya puso de manifiesta en Los Imprevistos del Amor (2014) o Antes de Ti (2016), con lo que su efectividad ya estaba más que contrastada, y aquí firma un personaje del que es muy difícil no sentirte atraído y, como no, enamorado. Y es que la pareja desprende una gran química desde prácticamente su primer y breve encuentro.

Dirección y el equipo técnico

Sobre la dirección de Baltasar Kormákur poco se puede objetar, y es que es capaz en todo momento de atraparnos en la butaca con una narración acertadamente cronológica hasta que en un punto de la misma se ve obligada a cambiar.

Su capacidad para hacernos partícipes como espectadores de lujo de todo lo que ocurre, de esa realidad tan próxima y efectiva, hace que nos importe el devenir de sus protagonistas, por mucho que conozcamos su destino, y es que su ritmo pausado, sensible y frenético cuando así lo requiere, imprimen un miedo natural ante la catástrofe, la soledad y el delirio, que como seres humanos, nos son muy familiares.

La fotografía de Robert Richardson acompaña con infinita belleza de tono azul y turbia suciedad de tormenta al relato al ritmo que este requiere, convirtiendo al mar en un personaje que va evolucionando de protagonista a antagonista a lo largo del metraje.

El guion, a tres manos, no tiene demasiada maniobra para la improvisación, pero como comentaba al inicio de este escrito, es de agradecer que no se haya dejado llevar por una épica artificial ni un exceso de artificios dramáticos que probablemente habrían perjudicado a lo tan crudo como natural epicentro de su realidad.

En conclusión…

Así pues, A la Deriva se convierte en un notable drama que por momentos se tiñe de un excitante romanticismo y en otros de incomoda aventura, con una pareja protagonista que funciona como un reloj y que son capaces de transmitirnos toda la humanidad que requiere su premisa.

Un viaje que nos lleva a perdernos en el inmenso mar pero, sobretodo, en la grandeza del ser humano y sus sentimientos.

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