El realismo narrativo; la clave de Boyhood


Boyhood, ganadora en la última edición de los  Globos de Oro a la Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz Secundaria, ha creado debate tanto dentro como fuera de los círculos más cinéfilos. El realismo, originalidad y ambición con los que se presenta y define han provocado el interés de crítica y público a partes iguales.

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El realismo como recurso narrativo y estético lleva muchos años presente en el panorama cinematográfico mundial. En ocasiones se ha implicado de forma más directa, otras de forma más tangencial. Lo hemos apreciado en movimientos como el socialismo soviético, el neorrealismo italiano, la “Nouvelle Vague” o el “free cinema”. Ahora bien, a mi parecer, en los últimos años ha cogido especial fuerza y protagonismo en el marco del cine independiente de Estados Unidos. Muchas de las películas de este grupo tienen un presupuesto reducido y, en consecuencia, un estilo muy minimalista, cargando todo su peso en el potencial de la historia y de los personajes. Personajes reales con problemas reales, que reaccionan de forma genuina y verídica ante las situaciones a las que se enfrentan. Estos filmes siguen un estilo que roza el hiperrealismo, tratando de reducir al mínimo la práctica cinematográfica (planos estáticos, largas secuencias sin cortar, amplia libertad interpretativa, etc.) para dejar a los personajes y a la historia crecer por si solos y de forma natural, con la improvisación como elemento imperante durante los rodajes. Algunos ejemplos de este tipo de cine (de entre un amplio abanico) son Your Sister’s Sister (2011), Jeff Who Lives at Home (2011), Safety Not Guaranteed (2012), Drinking Buddies (2013) o Short Term 12 (2013).

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Dicho esto, la última película del director Richard Linklater ha llevado esta práctica ambiciosamente hasta límites inexplorados. Como bien dijimos en nuestro primer artículo sobre este film, que podéis leer clicando AQUÍBoyhood trata sobre la vida de un niño, Mason (interpretado por el prácticamente desconocido Ellar Coltrane), y su viaje de doce años hasta aterrizar a las puertas de la universidad y la adultez. El visionario director empezó a rodar, ahora hará trece años, una película que tardaría más de una década en acabar de filmar. Invirtiendo unas pocas semanas de cada año, el realizador se reunía antes de cada nuevo rodaje con los actores (y en especial con el protagonista) para conocer las experiencias de sus últimos meses: des de las más mundanos sucesos hasta las más destacadas e íntimas vivencias. Posteriormente, añadía y plasmaba astutamente esta información en el guión y en los perfiles de los personajes, brindando un realismo más puro a la historia y permitiéndonos no sólo ver crecer a los personajes física e intelectualmente, sino también a los actores.

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Nunca una película había plasmado con tanto realismo el devenir de la vida. Como si de una cápsula del tiempo se tratara, Linklater nos permite rememorar nuestro propio pasado y experimentar, a través de los ojos de un niño introvertido y a medio camino entre la niñez y la adolescencia, aquellas experiencias que nos marcaron en la vida: los primeros errores, las primeras victorias, las primeras borracheras, las primeras decepciones, el primer amor… Como si de cómplices silenciosos nos tratáramos, acompañamos a Mason en su particular y complejo viaje hacia la madurez.

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De todos modos, no es la primera vez que el director tejano juega con el recurso del tiempo (parece que nunca nadie le enseñó lo que son las elipsis temporales). En la trilogía de culto conformada por Before Sunrise (1995), Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013), nos muestra la historia de amor de una pareja (Ethan Hawke y Julie Delpy) en intervalos de nueve años, y la evolución y desgaste que ésta padece. La que muchos consideran la mejor historia romántica del cine contemporáneo (entre ellos un servidor) desmitifica, con amargo optimismo, el concepto de “amor cinematográfico” a favor de un amor más verídico, más crudo, más completo y, sí, más real.

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Boyhood no es una película para todos los gustos ni cinefilias. No todo el mundo verá con los mismos ojos esta rara epopeya sobre lo mundano, ni se dejará llevar por su pausada narrativa. Pero lo que ni el más escéptico podrá negar es que el viaje y evolución de Mason son, sin lugar a dudas, de un realismo sin precedentes.

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