El Club, una película chilena de factura internacional


El Club, película chilena

Un grupo de sacerdotes marginados de la Iglesia por diferentes -y vergonzosas- razones; una monja que fue llamada a dejar el hábito; un borracho callejero dispuesto a contar lo que nadie quiere escuchar; y un cura que llega a tratar de poner orden en esa casa de playa, que más bien parece un club de amigos adictos a peleas de perros que a religiosos en retiro espiritual…

Así se presenta El Club, cinta del director chileno Pablo Larraín, y que si bien se estrenó hace un año, vale la pena verla, pues narra los pecados más fuertes que puede cometer el hombre a través de los representantes de Dios en la tierra. Esta cinta ganó el Gran Premio del Jurado – Oso de Plata – en la 65º versión del Festival de Cine de Berlín y merecido se lo tenía, pues tanto el guión, los textos y las actuaciones son de factura internacional, rompiendo con la “mala fama” que alguna vez tuvo el cine chileno de ser oscuro, centralizado y extremadamente político.

Actuaciones estelares

Roberto Farías interpreta de forma magistral, realista y certera a “Sandokan”, un vagabundo borracho que busca contar su verdad: fue abusado sexualmente cuando niño por un sacerdote. Por ello, cuando se entera que un club de religiosos vive escondido en una casita de La Boca (Navidad, Región de O’Higgins, Sur de Chile), no duda en ir a vociferar día y noche, afuera de la vivienda, con rictus de prédica, lo que le hicieron hace más de veinte años.

Por ello, la llegada del Padre García (Marcelo Alonso) es fundamental en la trama, pues está en la encrucijada de cerrar la casa de retiro o mantenerla y hacer oídos sordos a las acusaciones de “Sandokan”.

Para tomar la decisión se entrevista con los sacerdotes y la monja (Padre Vidal –Alfredo Castro-; Padre Ortega –Alejandro Goic-; Padre Ramírez –Alejandro Sieveking-; Padre Silva- Jaime Vadell-; y la Madre Mónica –Antonia Zeggers-), llegando a la conclusión que los integrantes de ‘El Club‘ no conocen del arrepentimiento y que todos sus pecados los encapsulan en situaciones de la vida que los llevaron por caminos lejanos a la fe.

Nada es blanco o negro

Una característica -que resulta bastante real- es que todos los personajes de la cinta pertenecen a un mundo medio donde la bondad (o la maldad) absoluta no existe. Por un lado están los sacerdotes confinados por sus pecados: pedofilia, robo de niños, tortura; y por otro un cura que llega a tratar de limpiar este club de “exiliados” de la Iglesia, pero que con sus actos demuestra no ser recto y fiel a la ordenanza como juró ante Dios.

 

La película se desenvuelve en dos ámbitos: por un lado están los religiosos, ya viejos, cuya única entretención es adiestrar a un perro para que se convierta en el campeón de las peleas callejeras que mueven mucho dinero. Y por otra parte, está la realidad de este club, que es la deuda social y moral que tienen con sus víctimas, pues nunca fueron castigados judicial ni eclesiásticamente.

 

 

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