“Ex-Machina”: la última paranoia del cine


Una experta en colores ha vivido toda su vida en una habitación en blanco y negro. Es una maestra en la teoría, pero nunca ha podido abandonar la habitación por lo que los únicos colores que conoce, a la práctica, son el blanco y el negro. Un día la puerta de la habitación se abre y puede salir al exterior, donde finalmente podrá observar aquello que tantas veces ha leído en las páginas de los libros: el verde de los árboles, el azul del cielo…Por primera vez no solo tiene conocimientos, también percibe, siente, se emociona. Como el gusano en mariposa, la máquina evoluciona en hombre. El mito de la caverna adquiere nuevas dimensiones, señores. La ciencia-ficción lleva mucho tiempo planteando preguntas sobre debates no estrictamente aplicables a la realidad contemporánea, pero que reflejan detalladamente cuestiones filosóficas y metafísicas de carácter universal y atemporal.

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En Ex Machina (opera prima del guionista Alex Garland) nos situamos en un futuro indefinido donde Caleb (Domhnall Gleeson), un joven programador, gana un concurso interno de la empresa donde trabaja, BlueBook (una especie de Google). El premio consiste en la oportunidad de conocer el creador y propietario de la empresa, el cual nadie nunca ha visto, en lo que se traduce como una estupenda oportunidad profesional para el chico. Para ello debe viajar hasta una lujosa casa situada en algún lugar recóndito en medio de la naturaleza, y al cual solo se puede llegar en helicóptero. Una vez allí, conoce a Nathan (Oscar Isaac), el superdotado y carismático creador de BlueBook, el cual le explica la razón de la visita: ha construido una androide, Ava (Alicia Vikander), que posee inteligencia artificial, y Nathan deberá determinar a través de una serie de entrevistas personalizadas si el robot posee una consciencia propia capaz de desarrollar sentimientos. La prueba sigue la pauta del test de Turing, donde un ser humano y una máquina, aislados de cualquier factor externo y sin verse entre ellos, deberán mantener un diálogo con el fin de que el humano determine si su interlocutor es o no una inteligencia artificial. En este caso hay una diferencia ya que Caleb sabe que se trata de un androide, por lo que la cuestión es si dicha definida máquina es o no capaz de desarrollar una consciencia propia y autónoma.

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Ex Machina plantea una cuestión tratada en multitud de ocasiones con anterioridad tanto en el mundo del cine como en el literario. Si una máquina es capaz de razonar, usar los elementos que percibe en su entorno, ser consciente de la existencia y autonomía de su propia mente y de la de su interlocutor, plantearse conceptos abstractos y filosóficos, desarrollar conclusiones sujetas a observaciones subjetivas… ¿no se trataría, entonces, de un ser inteligente que va más allá de la lógica numérica? Si es capaz de racionar, ¿no es también capaz de sentir? ¿Cuál es el límite que determina qué es una máquina y qué es un ser humano con metal y cableado en lugar de piel y huesos? Y, lo que se traduce en la gran pregunta final: ¿qué nos define como seres humanos?

Una máquina podría emular el pensamiento humano siguiendo una serie de patrones definitorios, como si nuestras emociones y reacciones fueran sintetizadas en un algoritmo que la máquina es capaz de leer y aplicar como un reloj suizo. El punto definitorio se dibuja cuando la máquina empieza a aprender más allá de aquello que se le ha predeterminado para desarrollar su propio punto de vista de aquello que le rodea.

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Estas preguntas se han planteado y tratado de responder desde multitud de perspectivas en muchos filmes como 2001: A Space Odissey (1968), Blade Runner (1982), A.I. (2001) o la reciente Her (2013). Versados del género como Isaac Asimov, Orson Scott Card o Philip K. Dick también nos lo han planteado con absoluta maestría. Pero lo que diferencia en Ex Machina, y lo que probablemente se convierte en la clave de su éxito, es que arrastra al espectador hasta situarlo en la propia piel del protagonista para vivir su debate interno en nuestras propias carnes, como si nosotros mismos fuéramos objetos del test de Turing y debiéramos determinar si la máquina es o no “humana”.

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Aunque sigue la línea trazada por la cuestión filosófica, el filme se enmarca en un ritmo pausado pero cada vez más opresor, marcado por un escabroso juego entre el triángulo protagonista. Un inocente Caleb deberá posicionarse entre Ava y Nathan, máquina y humano, creación y creador (como un moderno y alcohólico doctor Frankenstein). Un juego mental para determinar no sólo si la máquina es humana, sino también si el humano se merece menos confianza de su homólogo que una creación artificial.

El espacio también es muy importante para el desarrollo de la atmósfera. Una casa completamente aislada, con la mayor parte de su espacio, las habitaciones y el laboratorio, situados bajo tierra. Como una cárcel de oro. Lo que en un principio se plantea como una localización idílica se volverá, en favor de la narración, en un espacio opresor, casi kafkiano, donde el protagonista se encontrará inevitablemente encarcelado y sin posibilidad de escapar, con el juego de manipulaciones y engaños entre el trío protagonista como principal y única batuta directora de ritmo y trama.

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¿Qué nos define como seres humanos? ¿Es la razón la que determina nuestros sentimientos? Un hombre sale de la caverna de sombras para observar el exterior por primera vez. Una persona experta en colores sale de su prisión en blanco y negro por primera vez. La máquina se convierte en humana, y la humanidad se plantea el por qué.

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