A vueltas con el género musical en el cine


Más allá de la chapuza y fallido Oscar a ‘La La Land’, la película de Damien Chazelle ha despertado, al menos, dos vivos debates. Uno, a favor o en contra del propio filme. Otro, sobre el género musical en cine. A aquellos cuya posición se define por comentarios tipo “No me gustan los musicales” va dirigido este artículo.

Tomando como referencia temporal el período que va del año 2000 al año 2017, se pueden desgranar algunos hitos del musical cinematográfico contemporáneo. A través de ese ramillete de ejemplos, podrá constatarse la variedad y mutabilidad del género musical. Un género definido casi exclusivamente por la convivencia de secuencias coreografiadas y/o cantadas con el relato. A partir de esa matriz, las posibilidades son numerosas.

‘Bailar en la oscuridad’

Corría el año 2000 cuando Lars Von Trier decidió aplicar su mirada al género musical. Pero claro, cuando esa mirada corresponde a uno de los fundadores del movimiento Dogma, la cosa se pone interesante. ¿Cómo conjugar la austeridad expresiva de esa corriente con la presunta exuberancia audiovisual de los musicales? La clave, según Von Trier, radica en escindir completamente los números musicales de aquellos que no lo son.

De esta manera, nos encontramos ante un melodrama de manual y con una película musical conviviendo en la misma obra. Lars Von Trier, que es muchas cosas pero en ningún caso un mediocre, apuesta por una dialéctica entre ambas facetas. Así, el melodrama de la trabajadora se mueve en unos parámetros realistas, mientras que el musical habita el territorio de la imaginación de la protagonista. El hilo conductor lo constituye la apuesta formal: el manifiesto estético de Dogma se impone, planteando una interesante alternativa a los espectáculos de luz y color técnicamente brillantes, modelo acuñado por Hollywood.

‘Moulin Rouge’

Un año después, el australiano Baz Luhrmann propone algo en las antípodas del ejemplo anterior. Su ‘Moulin Rouge’ es un canto al cromatismo contrastado, a los movimientos vertiginosos de la cámara, al desenfreno y las pasiones desatadas. Allí donde ‘Bailar en la oscuridad’ funcionaba como alegato de depuración estilística, la película de Luhrmann es una apología del exceso.

Pero no es solo una acumulación barroca de numerosos elementos. Trascendiendo la abrumación estética, ‘Moulin Rouge’ es un inteligente y autoconsciente ejercicio de intermedialidad audiovisual. Consigue integrar en su estructura el folletín decimonónico, los espectáculos de cabaret, las construcciones operísticas, el videoclip y hasta el pop contemporáneo. Todo ello en un receptáculo que se revela idóneo: el género musical.

De esta forma, Luhrmann plantea el musical cinematográfico como cajón de sastre perfectamente articulado, dentro de unos criterios estéticos basados en la hinchazón estética y el diálogo entre formas expresivas.

‘El otro lado de la cama’

El género musical en cine vivió un éxito arrollador en 2002. El director Emilio Martínez-Lázaro y el guionista David Serrano confeccionaron, con ‘El otro lado de la cama’, un afortunado encuentro entre el vodevil y el musical. Y el sello distintivo fue la elección de las películas de la banda sonora: éxitos del pop español de Kiko Veneno, Coque Malla, Tequila o Coz.

El éxito de la película, bajo mi punto de vista, descansa sobre el estupendo trabajo de casting (elaborando un reparto con caras conocidas de la ficción televisiva) y la inteligente apelación a la nostalgia musical. En este caso, por lo tanto, nos hallamos ante un musical generacional. Funciona, así, en dos niveles. Primero, como retrato de cierto segmento social. Segundo, como recuperación de la banda sonora de una época. Efectivamente, la nostalgia está servida.

Por supuesto, el compañero de viaje del género musical en este caso no podía ser otro que el cómico. Enredos sentimentales que sustentan una narración apoyada en arquetipos reconocibles y la química entre intérpretes.

‘Sweeney Todd’

En 2007 se estrena ‘Sweeney Todd’. La adaptación al cine de un famoso musical homónimo. Su responsable, Tim Burton, probablemente no supiera que había rodado la que sería su última película burtoniana en mucho tiempo. En otras palabras: ‘Sweeney Todd’ es la última película que puede considerarse con pleno derecho a ingresar en el canon del director de ‘Eduardo Manostijeras’.

Burton se adueñó de la propuesta teatral y plasmó su universo en el género musical en cine. Las constantes temáticas y expresivas de su cine encontraron en la historia del barbero y la pastelera un vehículo perfecto. La construcción de los números musicales mostraron que Burton seguía siendo un autor. Por ello, ‘Sweeney Todd’ puede ser señalada como el ejemplo perfecto de musical de autor.

‘Los miserables’

Si Burton acertó con su propuesta, en 2012 Tom Hooper fracasó con la suya. La que se decía adaptación definitiva del musical (que no de la novela) ‘Los miserables’ fue, definitivamente, fallida. Y la responsabilidad no recae más que en su director. Son dos decisiones expresivas fundamentales las que lastran todo el tinglado. Y ambas caen del lado de la cabeza creativa. Por un lado, la opción de hacer de esta no un musical, sino una película cantada. Por otro lado, la matriz estética planteada: el primer plano como recurso fundamental. Vayamos por partes.

Hacer de ‘Los miserables’ una película cantada no es un error en sí. Ahora bien, es una jugada arriesgada. Dependes de la calidad vocal del elenco (que ni mucho menos es uniformemente alta en este caso). Y, lógicamente, ralentizas la narración. Lo cual, sin embargo, tampoco tiene por qué ser necesariamente un defecto. Pero sí lo es combinado con el gran traspié creativo de la película.

Situar al primer plano como la principal herramienta expresiva de un musical es un órdago a la grande y un salto mortal sin red. Todo junto. Y Hooper falla, claro. ¿Motivos? El primer plano supone una exposición saturada de los miembros de reparto cantando. Punto. Cuando la imagen se llena con un rostro que canta, solo si tienes a Anne Hathaway cantando “I dreamed a dream” puedes salir airoso. Y no es el caso. ‘Los miserables’ pedía aire y planos mucho más abiertos para condensar en discurso audiovisual el complejo trasfondo sociopolítico e ideológico que se quiere trasladar.

‘La la land’

Cerramos este breve repaso con ‘La la land’. Y no porque sea el ejemplo más reciente, sino porque es el mejor en su registro. La película de Chazelle supone una declinación precisa y preciosa del género musical clásico. Chazelle se muestra tanto cinéfilo como melómano, y a su gusto por el jazz une un homenaje a referencias ineludibles del musical cinematográfico: desde ‘Los paraguas de Cherburgo’ hasta ‘Cantando bajo la lluvia’, incluyendo a ‘Un americano en París’, ‘West Side Story’ o ‘Melodías de Broadway’.

‘La La Land’ supone una obra ejemplar para abordar el género musical en cine a partir de ahora. Más allá de adaptaciones o de homenajes, el musical es un género fascinante en tanto en cuanto rompe la tradicional narratividad fílmica, ofreciendo multitud de posibilidades expresivas. Maridar cine y música, con todas las variantes que ello conlleva, implica disponer de una paleta de colores inmensa.

Sirva, por lo tanto, la casi ganadora del Oscar de este año como punto de partida para el análisis y la práctica del género musical en cine en pleno siglo XXI.

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