El Cine Español Contemporáneo: Un Debate No Tan Sencillo


Dos son los hechos que motivan este texto: el primero de ellos, la última gala de los premios Goya, los galardones del cine español. El segundo, las reacciones de la opinión pública a esa ceremonia (rastreables tanto en las crónicas periodísticas como en las barras de los bares).

Vayamos por partes: tras la entrega de premios, que elevaron a lo más alto del podio a ‘Tarde para la ira’ y otorgaron el primer puesto en el palmarés a ‘Un monstruo viene a verme’, la conversación sobre el tema se fue cargando de lugares comunes. Planteando una peculiar partida del juego de las parejas, si se mencionaba a J. A. Bayona, inevitablemente había que referirse al éxito en taquilla; si se aludía a ‘Julieta’ o a Almodóvar, rápidamente aparecía la etiqueta de “cine de mujeres”; o, si se nombraba a alguna de las otras tres candidatas a mejor película, la reacción segura era la invocación de la palabra mágica: thriller.

Naturalmente, esto no es una novedad: cuando de cine español se trata, el debate tarda poco en convertirse en una retahíla de tópicos y de ideas preconcebidas. Por lo tanto, usemos esta entrada para discutir algunas cuestiones que se despachan con demasiadas prisas. Y hagámoslo partiendo de esta hipótesis: el cine español, en su dimensión más mainstream al menos, ha abrazado sin complejos el concepto de género. Un concepto que tan buenos resultados ha dado en otras latitudes, y que puede amoldarse perfectamente a las peculiaridades del cine de aquí.

El cine de palomitas

Alguna osada redactora de cuyo nombre no quiero acordarme ha llegado a afirmar sin pudor ninguno que los premios a ‘Un monstruo viene a verme’ eran un reconocimiento al éxito comercial de la película.

La ecuación, manejada por muchos, es la siguiente: película promocionada (y producida) hasta la saciedad por una televisión + presupuesto elevado (destinado en gran medida a unos efectos especiales excelentes) = reventar la taquilla. Y como aquí estamos poco acostumbrados a esos triunfos (vinculados a Torrentes, apellidos vascos y poco más), pues nada, a repartir Goyas. Pero claro, con tanto trajín y tanto cálculo rápido, la gente se olvida de lo fundamental: ¿cómo es la película?

Porque una cosa hay que tener muy clara: no todas las películas secundadas por un operador televisivo, anunciadas hasta el agotamiento y con un acabado visual lucido pegan el pelotazo que la película del monstruo ha dado.

La clave de todo esto está, no podía ser de otra forma, en Bayona, el cineasta responsable del tinglado. Un director que con tres obras en su carrera ya ha dejado claro lo bien que administra un proyecto caro. Y lo bien que articula todos los recursos que el lenguaje del cine le proporciona para cumplir con su objetivo capital: emocionar.

Que nadie se equivoque: Bayona está muy cómodo en el territorio del blockbuster, pero no titubea ni un segundo en valerse de esos mimbres para apelar a la sensibilidad del espectador. No por nada sus tres películas giran argumentalmente alrededor del eje madre-padre/hijo. En otras palabras, Bayona diseña y ejecuta secuencias de alto presupuesto y gran despliegue de medios con una fluidez casi insultante, pero con una meta bien definida, que no es otra que la de agarrar el estómago de quien ve sus filmes. Pero lo agarra con cariño, apelando a la emoción. Como hacía allá por los años ochenta, ¡oh sorpresa!, Steven Spielberg.

No es complicado encontrar las similitudes expresivas y casi emotivas entre ‘E.T.’ y ‘Un monstruo viene a verme’, con parada y fonda en el ‘Super 8’ de Abrams.

Por lo tanto, ahí va la explicación: ‘Un monstruo viene a verme’ ha sido un éxito de público (como lo fueron ‘El orfanato’ y ‘Lo imposible’, por cierto), porque J. A. Bayona es buenísimo haciendo lo que hace: películas comerciales que apelan sentimentalmente al espectador. Películas que organizan su estructura narrativa y sus componentes fílmicos (desde la elección de los planos hasta el uso de la música) para tocar fibras sensibles, no cerebros racionales. Podrá gustar más o menos esa elección, pero lo que es indiscutible es la pericia con la que se lleva a cabo la tarea.

Reír y llorar

‘Kiki, el amor se hace’

La comedia ha tenido poco peso en la última edición de los Goya. Sin embargo, algo siempre hay. En esta ocasión, la representante cómica más importante ha sido ‘Kiki, el amor se hace’, de Paco León.

¿Y por qué es interesante esta propuesta? Porque realiza una operación sencilla pero de enorme calado; en vez de armar lo cómico a partir de las particularidades del humor español, incorpora esas peculiaridades a la idea cómica original. Lo explico de otra forma: si bien la comedia española acostumbra a basar su eficacia en la puesta en escena explícita de bromas, chistes y situaciones propias del imaginario español, en ‘Kiki’ se hace lo contrario, partiendo de una premisa cómica nada asociada a “lo español” (en este caso, todo lo derivado de una serie de filias sexuales poco habituales) para introducir gags más hispanos en ese contexto. Paco León, ayudado por un reparto totalmente comprometido con la causa, estimula de esta manera una línea de producción alejada de estereotipos o convenciones.

‘Julieta’

Y si empezamos riendo, acabamos llorando. El drama descarnado, el culebrón contenido (o sin contener), la película de emociones duras, todo ello encuentra su representante en ‘Julieta’, la última producción de Pedro Almodóvar.

El problema es que esta obra viene precedida de tal batería de prejuicios que se antoja imprescindible señalarlos para tratar, en la medida de lo posible, de desactivarlos. Por no extendernos demasiado, centremos el tiro en el peor de ellos: eso de que ‘Julieta’ es cine de mujeres. ¿Y qué demonios será eso? ¿Cine hecho por mujeres? ¿Películas realizadas para mujeres? ¿Filmes protagonizados por personajes femeninos? Reto a quien sea a que dé una respuesta satisfactoria a esa pregunta.

El planteamiento aquí será otro: ‘Julieta’ encaja mucho mejor en una definición que aborde su carácter melodramático. Efectivamente, se trata de un melodrama. Depurado, con una estética milimetrada para desatar las pasiones y devolverlas, a gran coste, a su redil. Un melodrama hecho por un cineasta experimentado en estas lides, que muchas veces ha mostrado lo desaforado de las emociones y que, en su madurez creativa, ha optado por el recogimiento antes que por la pasión. En definitiva, un melodrama aupado sobre el trabajo interpretativo de un elenco femenino superlativo, que no gira hacia el universo femenino como tal, sino hacia el vehículo narrativo que ofrece el género melodramático.

‘Kiki’ y ‘Julieta’ ejemplifican a la perfección la manera en que se puede aprovechar la plataforma de lanzamiento de un género concreto (la comedia o el melodrama), para jugar con sus reglas y fórmulas, de tal manera que se pueda superar la noción de “españolada” que tanto aqueja a producciones de estas características.

El thriller

Al llegar aquí nos topamos con el debate más jugoso de los suscitados. Ello se debe al enorme peso de películas etiquetadas como thriller en las nominaciones. De hecho, tres han sido candidatas al Goya a la mejor película (‘Tarde para la ira’, ‘El hombre las mil caras’ y ‘Que Dios nos perdone’), contando con menciones en muchas más categorías. Y una cuarta película del género, ‘Cien años de perdón’, se ha asomado también con cierta presencia.

La opinión mayoritaria ha tendido a englobar estas películas bajo el equívoco paraguas conceptual de “thriller español”. Algún titular ha ido incluso más lejos, y ha llegado a hablar de “thriller masculino”. Sin embargo, pocos se han parado a analizar lo escurridizo que resulta cobijar producciones tan distintas al amparo de un mismo calificativo.

Recurriendo a un somero repaso a las influencias rastreables de cada uno de los filmes comentados, podemos afirmar lo siguiente: ‘Tarde para la ira’ tiene mucho más que ver con el western que con el thriller, rasgo que a muchos de los que invocan (con razón) a Peckinpah se les ha escapado

‘Que Dios nos perdone’ bebe de dos tradiciones estadounidenses tan consolidadas como el cine de serial killers (con David Fincher como espejo ineludible) o las buddy-movies popularizadas en los ochenta (situándose más cerca de ‘Arde Mississippi’ que de ‘Arma letal’, obviamente).

‘El hombre de las mil caras’ aúna con clase una ecléctica serie de referencias como el thriller político de los setenta en Hollywood, la crónica política patentada por el Sorrentino de ‘Il divo’ o el propio reportaje periodístico de investigación; ‘Cien años de perdón’ recurre a la escuela del cine de atracos, añadiendo elementos propios de la idiosincrasia actual de la sociedad española.

Como puede verse, el género puede servir para acercarse a las películas, pero no debe utilizarse para enmascarar propuestas o para desdibujar un panorama con recovecos y matices en un tapiz uniforme y homogéneo. Nominar a las películas de Arévalo, Rodríguez y Sorogoyen no es premiar al thriller español, sino reconocer tres formas diferentes (y muy atinadas) de hibridar distintas tradiciones y escuelas cinematográficas.

Abrazar el género

El género cinematográfico, más allá de etiquetas y charlas cinéfilas, solo es un juego de expectativas entre el cineasta y el espectador. E, industrialmente hablando, es la matriz perfecta para una clase de cine situada entre los altísimos presupuestos y las propuestas más independientes y marginales. Un tipo de cine que genera solidez comercial, solvencia profesional y libertad creativa (ya que, como Hollywood ha demostrado a lo largo de su historia, en el ADN de una buena industria cinematográfica está el reconocimiento del margen de maniobra creativo de los cineastas).

Reconocer sin complejos la necesidad de una producción genérica continuada y variada es, simplemente, desear un cine español no sometido a algunos de los vaivenes que le han azotado de manera casi ancestral.

El cine español debe aspirar a dejar de ser un género más, una etiqueta que los videoclubes y las tiendas especializadas usan al lado de drama, comedia, bélico, western o ciencia-ficción. Lo español no es un género, sino una forma culturalmente diferente de pensar y hacer el cine.

Algo que películas como las nominadas a los Goya de esta última gala demuestran con creces.

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