Cultura troll: la ironía para pensar (Parte 2)


trolling is an art

Segunda entrada de mi peculiar Síndrome de Diógenes en el mundo de la cultura troll.

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La Cultura troll en el cine y TV

El caso Ivan Istochnikov

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En Cuarto milenio se desmenuza el caso de «un hombre que la Unión Soviética quiso apartar de la Historia de un plumazo». El misterio lo investiga Gerardo Peláez -colaborador de Iker Jiménez- y muestra una serie de fotos en las que el cosmonauta Ivan Istochnikov aparece y otras iguales en las que se le ha borrado. «La pregunta es por qué se le borró, qué había hecho ese hombre, por qué molestaba», pregunta de manera retórica Iker, y se responde: «Estuvo embarcado en una misión que fue un fracaso estrepitoso para la URSS y, lógicamente, eso no se podía dar a conocer»; para silenciar esto se le eliminó de las fotos, su familia fue deportada a Siberia, y sus amigos y colegas, silenciados. El caso se inicia cuando un periodista adquiere en una subasta un lote con material desclasificado procedente de la URSS. «Y ahí descubre este hombre, que creo que se llamaba Mike Arena, una fotografía con el fantasma en carne y hueso, presente», sentencia Jiménez, con su gravedad acostumbrada. «Impresionante», añade. Sí, impresionante y… falso, porque Ivan Istochnikov es tan real como el Pato Donald.

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«¡Estoy alucinando! ¡Todo esto me parece muy cómico!», declara Joan Fontcuberta, un fotógrafo que juega desde hace años al equívoco y la ambigüedad, y que en 1997 monta una exposición -Sputnik- sobre la historia del cosmonauta con recortes de prensa, fotografías, parafernalia espacial y vídeos en la que todo parecía real y todo era falso. La cara del cosmonauta es la del propio Fontcuberta, y hasta su nombre es la traducción al ruso del suyo. El autor no podía más que reír, más aún con el bombo conseguido gracias a Cuarto Milenio: «Tiendo trampas destinadas a los crédulos. No esperaba que cayeran en una que tiene nueve años unos periodistas profesionales, que se supone que tienen que verificar y contrastar la información».

Fontcuberta asegura que sus proyectos son como semillas: los hay que han caído en terreno yermo, y otros que no y, mediante estos, demuestra que hay una necesidad de creer. Creer es mucho más cómodo que dudar. La duda implica una actitud crítica activa, mientras que creer es algo pasivo y más fácil.

La cosecha suiza de espaguetis

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En 1957 la BBC emite un reportaje donde se muestran las imágenes de una familia recogiendo hilos de pasta de los árboles: «La cosecha de espagueti aquí en Suiza, no tiene nada que ver con la que se realiza a gran escala en Italia. Muchos de ustedes habrán visto fotos de las vastas plantaciones de espagueti en el Valle del Po. Para los suizos, por el contrario, tiende a ser un asunto más familiar». El documental cuenta con un colaborador al que, alucinado, sólo se le ocurre preguntar cómo es posible que los espaguetis, crecidos en un árbol, tengan siempre la misma longitud. El presentador del programa, Richard Dimbley, imperturbable y flemático, responde: «Es el resultado de muchos años del paciente esfuerzo de los cosechadores del pasado, quienes lograron producir el espagueti perfecto».

Por supuesto, y no falla nunca, a pesar de que el documental es un absurdo, la BBC recibe cientos de llamadas de espectadores: unos quieren saber si realmente los espaguetis crecen en los árboles; otros piden consejos para plantar su propio árbol. La BBC sigue con su juego asegurando que el procedimiento es muy sencillo: «Colocar una ramita de espagueti en una lata de salsa de tomate, y esperar lo mejor».

La verdad no se hace pública hasta el día siguiente; Dimbley dice que la idea se le ocurrió al acordarse de un profesor que una vez, siendo niño, le dijo: «Eres tan tonto que hasta te creerías que los espaguetis crecen en los árboles». No es el único. Y no ya de niño.

La Cultura Troll en la Ciencia

Richard Feynman, el científico que hace pensar

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Richard Feynman es conocido, además de por ser un gran científico, por su meticulosidad, que casi raya en la manía; al menos para los que la sufren. Básicamente le exaspera que la gente pase de utilizar su observación y lógica; le revienta tener que dar explicaciones a quienes pueden llegar a las mismas conclusiones que él fácilmente. La siguiente anécdota lo ejemplifica a la perfección. Cuando Feynman trabaja en Los Álamos, el complejo secreto donde se desarrolla el Proyecto Manhattan, descubre un butrón en los muros que rodean el campo de trabajo. En lugar de comunicarlo al cuerpo de seguridad militar, Feynman se limita a fichar al acceder por la entrada principal. Sin embargo, al acabar su jornada, se va a través de la grieta. Repite esta maniobra durante días, hasta que los guardias de seguridad, que sólo tienen constancia de su entrada pero no de su salida, deciden recorrer el perímetro del campo buscando una explicación. Finalmente descubren el agujero y lo solucionan. Así es Feynman: no sólo disfruta pensando, también adora hacer pensar a los demás.

Además Feynman crea escuela. Hay otra anécdota sobre este genio, y de cómo ayuda a un alumno. Debido al sistema de evaluación -basado en el honor- del Instituto Tecnológico de California, la mayoría de exámenes son tipo llevar a casa y abrir libro. El profesor simplemente escribe cualquier instrucción especial en el examen. Un año, en el examen de física para novatos, las instrucciones dicen: «Tienes 3 horas. Puedes usar tus apuntes de clase y el Feynman», es decir las conferencias del científico, publicadas en tres volúmenes. Tras leer estas instrucciones, un estudiante particularmente espabilado, se dirige al despacho del físico. Le entrega el examen y le explica que las instrucciones indican claramente que él mismo es un recurso válido. Feynman observa las instrucciones y asiente: escribe de su puño y letra el examen en menos de media hora y, por supuesto, el alumno obtiene la nota más alta. No dudo de que el físico se sienta orgulloso de la lógica del alumno.

Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica

Nos hallamos en el contexto de las Science Wars, el enfrentamiento entre la corriente pos-modernista -que cuestiona y critica la objetividad, el método y el conocimiento científico en los estudios- y, por otro lado, la corriente científica más realista, que defiende sus métodos y afirma que los críticos pos-modernistas no entienden casi nada de lo que tanto critican. La revista Social Text publica un artículo firmado por el profesor de matemáticas de la University College de Londres, David Alan Sokal en el que, citando a varios autores pos-modernos, afirma que el concepto de la gravedad cuántica es una construcción social y lingüística. El bando de los pos-modernistas está hinchado de orgullo: hasta un científico clásico y tradicional se doblega ante su ideología.

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Un mes después de su publicación, Social Text se niega a publicar un breve artículo de Sokal titulado: Transgressing the Boundaries: An Afterword, en donde el autor explica que su anterior trabajo es una parodia que intenta mostrar el abuso intencionado de términos científicos por parte de algunos intelectuales, filósofos y científicos sociales, y la idea de que cuanto más oscuro e ininteligible es un discurso, más genialidad se le atribuye. Además deja en evidencia que cualquiera, sin argumentación, puede publicar un artículo sin que ni siquiera sea revisado, siempre que encaje en la visión ideológica de los editores.

Sokal muestra y critica las concepciones que niegan objetividad al conocimiento científico, a las posiciones que sostienen que no existen verdades objetivas ni en ciencias sociales ni en ciencias naturales, y que la validez de cualquier afirmación es relativa al individuo que la elabora, al grupo social o al género al que pertenece o a la cultura en la que se encuentra inmerso. Según sus palabras: «Demostramos, creo que sin lugar a dudas, que estos autores han tirado palabras eruditas a la cara de sus lectores no científicos sin preocuparse en lo más mínimo por su significado y, sobre todo, por su relevancia para los temas que pretendían estudiar, ya sea el psicoanálisis, la semiótica, la sociología, la filosofía, o lo que sea».

La Cultura Troll en la Música

Florence Foster Jenkins

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Aquí nos movemos en aguas profundas, pero que muy profundas. Ni aún hoy, y hablamos de un evento que se inicia en 1912 y culmina en 1944, nadie es capaz de sacar algo en claro. Hablamos de Florence Foster Jenkins, conocida como «la peor cantante de todos los tiempos». No se trata de alguien que desgracia una pieza con un puntual gallo, o que tiene un mal día y destroza un recital: sus grabaciones, con sugerentes títulos como «Murder in high Cs» -Homicidio en do mayor- o «The Glory of Human Voice» – La gloriosa voz humana-, ya nos ponen sobre aviso de que lo suyo no es un desliz accidental. A veces, sin querer, le he pisado el rabo a mi gata: entona mejor, mucho mejor, que esta mujer que -gracias a las nuevas tecnologías- nos lega su voz. Aquí dejo un enlace con casi veintiocho minutos de muestra de su bello canto:

Florence Foster Jenkins se lanza de cabeza a su carrera a los 41 años -gracias a la herencia de sus padres ricos- y se mantiene fiel a ella hasta cumplidos los 76. «El mundo oyó mi voz por primer vez en 1912, el año en que se hundió el Titanic», declara la cantante, dándonos a entender, quizá, que las tragedias nunca vienen solas. La gente hace cola para asistir a sus eventos porque, simplemente, no da crédito a lo que está ocurriendo; sus fans abarrotan los recitales en el hotel Ritz-Carlton: nunca falta su interpretación de «La flauta mágica de Mozart» o el número de Clavelitos, en el que arroja la susodicha flor a una audiencia alucinada; su dicción cantando en alemán, francés, italiano y español es horrible y hasta su pianista habitual, Cosmé McMoon, no puede evitar reírse hasta las lágrimas, pero ella lo compensa con pasión, convencida de su talento, ignorando las frecuentes risas del auditorio. La crítica dice que más que cantar, cloquea y la compara con un reloj de cuco, pero Florence no se rinde y, con una estremecedora y avanzada muestra de sabiduría de pega de auto-ayuda, comenta: «Podrán decir que no puedo cantar, pero nadie puede decir que no canto». A pesar de todo, siempre recibe ovaciones al concluir sus actuaciones y estrellas como Enrico Caruso son muy deferentes con ella. El 25 de octubre de 1944 da un mítico concierto en el Carnegie Hall con un lleno absoluto -a veinte dólares la entrada, lo que es una pasta en la época- y la presencia de dramaturgos de la talla de Noel Coward, que al parecer cae rodando por el pasillo en un ataque de risa.

Sin duda la voz de Florence es horrible, y ahí es donde surge la pregunta: ¿realmente se lo cree y va en serio, o se trata de una broma épica? La clave de todo el asunto es, precisamente, que cante siempre tan mal. La actriz Judy Kaye, que representa su papel en Souvenir, comenta: «Es difícil cantar mal tan bien. Se puede cantar mal durante cierto tiempo, pero si sigues así te acabas destrozando la garganta». Lo de Florence es un no parar; es un despropósito tras otro. Es demasiado. No es el grito desafinado de Lady Gaga al piano, ni la nefasta versión de «Come as you are» de Ramoncín. Es una canción tras otra; una noche sí y otra también. Esta es la duda: algo tan malo y tan frecuente, no puede ser gratuito: se tiene que saber mucho para poder hacerlo.

Por el momento, a no ser que se descubra alguna cosa definitiva, Florece nos deja con la duda en algún rincón de nuestra cabeza. No podremos estar seguros de sí es, efectivamente, «la peor cantante de todos los tiempos», o bien uno de los mejores trolls de la historia.

La Cultura Troll en la literatura

El Necronomicón

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El gran best-seller de los libros nunca escritos. Encuadernado en piel humana y escrito con sangre, es un códice ocultista para invocar a los Primordiales, entidades demoníacas del cosmos más allá del entendimiento humano. El ficticio autor de tan macabra y reveladora obra es Abdul Alhazred, un árabe del siglo XII, que enloquece tras pasar cuatro años vagando por unas cuevas subterráneas, donde se supone que descubre la existencia de los Primordiales. La primera persona que menciona el Necronomicón es el escritor Howard Philip Lovecraft en su relato «El sabueso», publicado en 1922. Las referencias a este libro blasfemo y maldito -capaz de enloquecer al lector- son constantes en su obra y en la de otros autores de los «Mitos de Cthulhu».

Los rastreadores de rarezas se ponen tras la pista del libro, una pista que no conduce a ninguna parte, pues el Necronomicón no existe. Ni la confesión de Lovecraft sirve para poner fin a la leyenda, y muchos siguen creyendo en la existencia del libro. Incluso José Luís Borges confiesa que a los dieciséis años, recorre las bibliotecas de Buenos Aires buscándolo. Una fascinación que comparte René Chalbaud, catedrático de Literatura de La Sorbona, al que le da un síncope cuando en la biblioteca de la Universidad encuentra una amarillenta ficha que indica que existe un ejemplar del libro: acuden decenas de investigadores atraídos por el hallazgo, como moscas a la miel. Debe ser divertido ver la expresión de sus rostros al descubrir que todo ha sido una broma de un alumno con ganas de burlarse de sus mayores.

Edgar Allan Poe: muy gótico y más cachondo

Edgar Allan Poe es un escritor que influencia a todos los grandes novelistas del siglo XIX. Alcohólico, pendenciero y con un fino gusto para la ironía, también es el creador del periodismo amarillo y sensacionalista. Como extra inventa historias que los periódicos publican, para escarnio de los editores que luego han de retractarse al desmentirlas. Pero ¿por qué uno de los maestros del terror moldea el código deontológico a su antojo? La respuesta tiene que ver con la falta de dinero y una peculiar vendetta. Poe es el primer escritor americano que pretende vivir de su trabajo: se toma la literatura como una profesión a alternar con el periodismo; para ello ha de competir con unos editores que prefieren plagiar a pagar a los escritores: no existen los derechos de autor y los préstamos de obras ajenas no son en absoluto embarazosos ni vergonzantes. Poe exige su justa retribución; cuando no la consigue, se venga de los redactores y editores con sus noticias falsas.

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En «La verdad sobre el caso del señor Valdemar» el escritor juega con la pseudociencia, la hipnosis y el mesmerismo para mantener al público en vilo, entre la muerte del señor Valdemar y la verdad. Su presentación de los hechos como si de un estudio científico se trate, coge desprevenidos a los lectores que creen que esta sesión de hipnosis -mediante la que se un muerto puede ser hipnotizado y resucitado- es cierta. En otro relato el autor advierte que el lector se enfrenta a un texto de no ficción, a un relato periodístico, pero una vez más, toma el pelo: el protagonista, Arthun Gordon Pym, es un personaje inventado y las matanzas, escenas caníbales y escabrosas muertes son fruto de su ironía; además la mayoría de las historias acerca del abominable hombre de las nieves surgen tras su publicación. Poe perpetra otra falsa historia acerca del aventurero Julius Rodman que lidera una expedición a través de las Montañas Rocosas; se publica como un serial en la Burton’s Gentleman’s Magazine y es el tercer intento de Poe de jugar con el público y sus historias falsas. Un periódico de la época llega a publicar que un viaje en globo entre Inglaterra y París ha terminado accidentalmente en Estados Unidos tras 75 horas de vuelo. A los editores no les queda otra que pedir disculpas a sus angustiados lectores. Cuando un periodista le pregunta al autor por la verdadera naturaleza de lo contado en los artículos, Poe no se corta: «Una farsa».

Lo curioso en todo esto que hemos visto es cómo la ironía, usada de manera más descarada o encubierta, no siempre es visible para todos. Siempre habrá fundamentalistas cegatos que tan en serio se lo toman todo, sin ánimo crítico ni raciocinio propio, que no entienden de humor, ni risa. Y esto recuerda, escalofriantemente, a Jorge, el monje asesino de «El nombre de la rosa» que cree que con la risa se pierde el temor a Dios y que por ello, debe matar al que intenta sonreír. Porque todo ha de ser serio; porque si reímos, dudamos de las cosas que oímos, vemos y leemos. Porque si hay risa, no hay fe.

Según David Foster Wallace: «Lo bueno de la ironía es que disecciona las cosas, se pone sobre ellas de manera que podemos ver los fallos e hipocresías y dobles juegos. Sarcasmo, parodia, absurdismo e ironía son magníficas maneras de arrancar la máscara a las cosas y de mostrar así la poco agradable realidad que esconden. El problema es que una vez las reglas han sido expuestas, una vez las desagradables realidades que diagnostica la ironía, entonces qué hacemos».

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