Cloe


Me despierto descansado, después de dormir más de 8 horas seguidas sin que nadie me interrumpa y sin que nadie me moleste por el móvil. Tengo una rutina muy ajetreada y casi no tengo tiempo libre para disfrutar de las cosas que me gustan. Por fin tengo por delante un fin de semana sin reuniones, sin trabajo y sin sorpresas desagradables. En mi agenda sólo aparece el cumpleaños de mi hija Cloe. Seguramente es el único ser humano que todavía me transmite ternura. La otra cara de la moneda es que tengo que ver a su madre… No es muy agradable cuando estamos los dos juntos en la misma habitación. Probablemente el lugar más indicado para reunirme con la madre de mi hija es en una mina abandonada para disputar un duelo a muerte y que nadie oiga los gritos. Pero en fin, reprimiré mi instinto asesino por un día.

Esto se presenta muy difícil, porque mientras yo vivo en un apartamento en la ciudad, mi ex mujer goza de los lujos que le da un ricachón anormal que seguramente nunca sufrió por conseguir un empleo. Yo tengo la teoría de que le dan paga a final de mes. Cojo el regalo de mi hija, me pongo la chaqueta y me monto en mi Harley Davidson en dirección al barrio pijo. Siempre he tenido pasión por esta marca de motocicletas. No sé si es por el ruido que hacen o por su estética, pero cuando la vi por primera vez me enamoré. Me costó mucho esfuerzo conseguir una.

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Nada más llegar a la mansión donde vive mi hija, ya me doy cuenta de que será un día muy duro. Rosas y flores en la entrada que dibujan un camino hacia la puerta, castillos inflables, payasos y hasta me parece oír un caballo relinchar. Intento asimilar la situación mientras aparco mi Harley y pienso en que Cloe se lo pasará muy bien con todas estas cosas. Mientras me dirijo hacia la multitud con mi regalo en la mano veo a Cloe. Es guapísima. Espero que sólo haya heredado los atributos buenos de su madre. Lleva puesto un vestido muy cursi, como si fuera una princesa. En verdad ella también odia ponerse esas cosas. Una vez me confesó que le encantaría celebrar su cumpleaños en una playa y jugar con sus amigos en el agua. Pero a su madre no le gusta que su hija se revuelque en la arena.

Intento acercarme de forma sigilosa y sin que se de cuenta. La tengo nada más que a un par de pasos de distancia y oigo la voz de mi ex que grita: ¡Cloe tu padre está aquí! Siempre fue una zorra. Al oírlo mi hija dibuja una sonrisa de oreja a oreja, corre hacia mi y me abraza. ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! No para de repetirlo. La miro y le doy un beso muy fuerte en la mejilla. ¡Feliz cumpleaños! Le digo mientras le entrego su regalo. Ella lo desenvuelve rápidamente y al verlo sonríe y grita: ¡Una Barbie! ¡Sí, como tu mamá! Le digo yo a continuación y asegurándome de que mi ex me ha oído. A Cloe siempre le ha gustado destrozar la muñecas así que pensé en regalarle una que me recordara a su madre.

Después de hablar un buen rato con mi hija le digo que disfrute de su fiesta y que vaya a jugar con sus amigos. Me muero de hambre, así que me dirijo a la zona donde sirven la comida. Me asusto al ver canapés minúsculos y de muchos colores: salmón, gambas… ¿Quién ofrece estas cosas en el cumpleaños de una niña? Por suerte veo a un hombre vestido de cocinero cortando una paleta de jamón pata negra. Improviso un bocadillo y me siento en una mesa vacía. No puedo gozar mucho de la tranquilidad, ya que mi ex y su marido se acercan para hablar conmigo. Ella luce con orgullo sus joyas que deben pesar diez kilos como mínimo y él viste un traje negro como si acabara de salir de una reunión de trabajo. De mi ex sólo recibo un “hola” y de su marido un apretón de manos. Entonces es cuando veo que él lleva la mano parcialmente vendada. Le pregunto qué le ha pasado y muy formalmente me dice que ha sido un accidente doméstico. Seguro que se ha hecho daño al intentar girar el manguito del radiador o alguna estupidez parecida. Tras una corta charla, se despiden con la excusa de saludar a los invitados. Siempre me pone de los nervios hablar con gente así. No me queda más remedio que acercarme a la barra de un bar improvisado para tomarme algo fuerte. No veo que sirvan mucho alcohol, tan solo un cóctel a base de un poco de whisky y mucha lima limón. Le pregunto al camarero si tiene una cerveza. Tras mucho buscar en una nevera saca una botella de una marca extranjera de la cual no he oído hablar nunca. Tiene un gusto muy suave, pero no está mal.

Finalmente llegamos al clímax de la fiesta donde la cumpleañera tiene que soplar el pastel. En este caso el pastel mide metro y medio y creo que Cloe va a necesitar una escalera. Su madre siempre tiene que estar presumiendo. Cuando sopla las velas, me acerco a mi hija y la alejo de todo el mundo. Quiero hablar a solas con ella.

–  Hoy cumples 8 años, le digo.

–  Ya soy mayor, me dice ella.

–  Sí, te has hecho una niña muy guapa y lista, y quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que  necesites. Si algún día te hartas de tu madre llámame y me tendrás aquí enseguida.

Seguimos hablando sobre su vida: el colegio, sus amigos, sus inquietudes. Dice que le gusta un chico de su clase y que se pone muy roja cuando habla con él. Le digo que tiene que ser fuerte, que es una chica muy guapa y que no se tiene que preocupar por eso. Hablamos un buen rato hasta que llega su madre para llevársela de nuevo a la fiesta. Tendrá miedo de que decaiga el ritmo de la noche sin ella. Simplemente quiere fastidiarme. Antes de que se la lleve me despido de ella, le doy otro beso fuerte en la mejilla y le digo que nos veremos muy pronto. Su madre se la lleva sin dirigirme la palabra.

Ya es tarde. Se ha hecho de noche y mi Harley me espera para llevarme de vuelta a casa. Ya tengo mucha información sobre la casa y el personal. Creo que estoy listo para volver a por mi hija y sacarla de ahí.

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